Sunday, February 7, 2010

EL TESORO DE TARZAN

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Herman Beals
La primera película que ví en mi vida fue El Tesoro de Tarzán. Confieso que más que las hazañas del “hombre mono”, lo que más me interesó fueron las piruetas de la mona Chita y las piernas desnudas de Mauren O’Sullivan en su papel de Jane Parker, y quizás no en ese orden.
Pero si las proezas de Johnny Weissmuller, quien había sido campeón múltiple de natación en dos olimpiadas en la década de 1920 no me impresionaron mucho, la magia de la cinematografía me dejó maravillado.
Lo mismo sucedía con mi amigo Carlos Gutiérrez, quien aplaudía cada vez que Tarzán se deslizaba de árbol en árbol con la ayuda de lianas, o cuando los elefantes acudían a socorrerlo.
Carlos no tenía dinero suficiente para pagar la entrada a la “platea”, pero se ganaba el derecho anunciando las películas de cada fin de semana recorriendo el pueblo armado de una bocina y gritando a todo pulmón en cada esquina: “Vengan a ver a Johnny Weissmuller en El Tesoro de Tarzán, la última gran película del Hombre Mono”, o algo por el estilo.
Carlos era mi compañero de banco en la escuela. Su padre era el recolector de basura del pueblo. Lo hacía en una carreta tirada por una yunta de bueyes que eran mantenidos en un corral techado en el patio de la Municipalidad, que quedaba frente a mi casa.
Yo tenía ocho o nueve años y nunca he olvidado esa noche, no tanto por la película como por lo que sucedió después.
El “teatro” de Chanco consistía de dos piezas de una casa antigua de techo alto que habían sido convertidos en una sola sala, con un agregado de madera en la parte de atrás que era la “galería” o acomodación barata, mientras en la parte baja estaba la “platea” para quienes podían pagar dos o tres pesos por la entrada.
Esa noche recibí una amarga lección acerca de la diferencia que había entre platea y galería, una experiencia desagradable que he tratado de soslayar desde entonces.
Cuando regresé del cine, mi padre me preguntó: ¨¿Cuántas personas había en el teatro?”
Hice un rápido cálculo. Quince en la platea, incluyéndome a mi y a Carlos, veinte personas en la galería, por lo cual le contesté “unas treinta y cinco”.
“No sea mentiroso (nunca me trató de tú). “En Chanco”, me dijo, “no habemos 35 personas”.
Yo creí que estaba bromeando y le dije que no las había contado, pero que 35 me parecía una cantidad apropiada.
Entonces, para mi sorpresa, me dijo muy serio y hasta enojado que los espectadores que estaban en la galería no eran personas.
“En este pueblo”, agregó, “las personas no pasamos de diez.. los demás son gente”.
Yo recordé que Tarzán hablaba sólo lo indispensable y ahí mismo seguí su ejemplo.

Monday, February 1, 2010

LA BODA

Herman Beals
No eran exactamente los Capuletto y los Montesco, pero, salvo por el romance del cuarentón tío Carlos y la otoñal futura tía Ana, no había amor perdido entre las familias de los novios.
Tampoco ayudaba el hecho de que el novio fuera de Villa Alegre y la novia de San Javier, ambos en el fértil valle del río Loncomilla.
San Javier era un pueblo grande que quería pasar por ciudad, amorfo y sin carácter.
Villa Alegre era sólo un punto en el mapa, pero compensaba su falta de tamaño con un encanto que era la envidia de sus vecinos, una decena o poco más kilómetros al norte.
Nunca supe como se inició el romace. Ninguno de los dos hablaba mucho de ello y parecían llevarse bien, por lo menos la mayor parte del tiempo. A partir de la boda, el tío Carlos ´empezó a pasar bastante tiempo en la casa de su esposa en San Javier, donde moriría en 2009, años después de que falleciera la tía Ana.
Cierto o no, su familia adoptada dijo que el tío Carlos había expresado el deseo que lo sepultaran en San Javier, para estar cerca de su esposa y así se hizo. El nicho que la tía Nana y la tía Aida le habían reservado al lado de ellas, quedó vacío y, en la muerte, Villa Alegre perdió a uno de sus más generosos e ilustrados ciudadanos.
Decenas de años antes, la antipatía existente entre las dos familias se hizo sentir en toda su intensidad cuando la hermana que vivía con el novio se negó a viajar a San Javier para formalizar con la madre de su futura cuñada los detalles de la boda.
La segunda hermana del tio Carlos, Aida, inteligente, bien leída y firme en sus convicciones, también se opuso a la boda y lo hizo saber sin que hubiera lugar a equivocaciones.
La tía Aída era fieramente defensora de sus antepasados y su herencia y tenía la sospecha –que se corrobaría con el paso del tiempo -- que la boda sería como una cuña que abriría una brecha en su familia, con efectos económicos poco deseables.

Así las cosas, el tío Carlos recurrió a una solución poco ortodoxa para satisfacer los deseos de su novia y, posiblemente de su futura suegra, de que debía haber una ceremonia formal de “pedida de mano”.

La solución fue pedirnos a sus sobrinos, Jaime y yo, que fuéramos a San Javier a hablar con doña Margarita a fin de pedirle la mano de su hija.

Así lo hicimos. Doña Margarita era posiblemente el mejor exponente de su familia. Sentada al lado de un brasero, de donder casi nunca se movía, nos trató bien y quedó convenido en que habría boda. No recuerdo bien los detalles, pero me parece que fue Jaime quien habló la mayor parte del tiempo para exaltar las virtudes del tío Carlos con mi entusiasta asentimiento.

Quedó convenido que la boda sería en La Arena, la centenaria residencia de los Lara, dentro de algunos meses.

A pesar de que nunca aceptaron la unión, la tía Nana y la tía Aída se dedicaron con entusiasmo a la preparación de la boda, con decenas de parientes y amigos invitados, pero la enemistad o quizás sólo rivalidad de villaalegrinos y sanjavierinos resurgió con fuerza durante la fiesta. Quizás esa circunstancia fue aumentada por el hecho de que las dos familias “se pasaban pero no se tragaban”, como se acostumbraba decir entonces en Chile ... y quizás se sigue diciendo.

El caso es que los nuevos cuñados y cuñadas del tío Carlos se disgustaron por algo que interpretaron como un desaire cuando la fiesta estaba de lo mejor,.

Hace muchos años y nunca tuve muy claro los detalles exactos de lo ocurrido, pero siempre he creído que lo que enojó a los Garrido es algo que Jaime o yo dijimos.

El matrimonio no comenzaba con buenos auspicios. El tío Carlos, como era lógico, estaba desconsolado y la situación sólo fue superada por la diplomacia de la tía Aida, quien siempre sabía enfrentar las situaciones difíciles cuando era necesario hacerlo.

La familia de la novia desistió de retirarse de la boda. Nunca supimos si también querían llevarse a la novia.

Capulettos y Montescos no eran, y el drama entre ellos no era tan intenso como la tragedia shakespereana de Verona, pero los Laras y los Garridos tampoco eran entonces los mejores de los amigos.

Saturday, January 23, 2010

MAUSER

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Herman Beals, en Nueva York
En Estados Unidos uno puede comprar desde una aguja a un elefante mediante las ventas y remates por televisión. Una noche, mi hijo Carlos, quien nació en Venezuela pero siente más afinidad por Chile, el país de sus padres, decidió comprar un fusil Mauser que estaba en oferta en uno de los canales de TV.
¿La razón? El Mauser habia sido utilizado por el ejército chileno y, de una forma u otra, estaba siendo ahora vendido a través de la televisión estadounidense.
A los pocos días, el correo trajo el arma a nuestra casa de Virginia, donde vivíamos entonces.
Al comienzo, todos estábamos entusiasmados con el fusil.
Carlitos no sólo había comprado el arma, si no también las balas apropiadas y, como teníamos una propiedad bastante grande, disparó varias veces en el bosque.
El estampido era ensordecedor y nos compadecimos de los soldados que en el pasado la habían usado regularmente, primero en Alemania, de donde era originaria, y después en Chile, donde estuvo en servicio hasta mediados del siglo pasado.
Enseguida, guardamos el arma detrás de una puerta y nos olvidamos de ella.
Algunos años después, ya en nuestra actual casa en el estado de Nueva York, Angélica agregó una pieza con techo y paredes de vidrio para mantener sus plantas y flores en invierno, lo que aquí se llama “greenhouse”. El Mauser estaba en el garage, junto a la nueva construcción, y cuando uno de los maestros constructores lo vio, estaba entusiasmado y ofreció comprarlo. Dijo que podría ser un excelente fusil para cazar venados, que abundan en la zona y en el otoño y el invierno, cuando la nieve ha reemplazado el verdor del césped y las hojas en los árboles, hacen estragos en los jardines. Angélica le dijo que no.
Cerca de la pieza de plantas, Angélica cultiva su huerta, con tomates, pepinos, lechugas, cebollas, zapallos (calabazas), ají y hasta maíz.
Un día yo estaba agachado tratando de sacar algunos tomates para hacerme un “chancho en piedra” (un plato típico chileno con tomates macerados, cebollas, ajo y ají), cuando sentí que algo me tocaba el cuero cabelludo, cerca del cuello.
Me volví y era Angélica que me estaba apuntando con el Mauser.
“Nadie se roba mis tomates”, me dijo, con la mano en el gatillo.
Hasta hoy, no se si me habría disparado si yo hubiera seguido sacando sus tomates. Pero no estoy muy seguro, de una manera u otra.
El Mauser todavía está detrás de una puerta en Nueva York.

Tuesday, January 19, 2010

EL ASIENTO DEL PUEBLO

Herman Beals

Después de perder en la cuna del izquierdismo (liberalismo, como lo llaman en Estados Unidos), Barack Omaba y sus seguidores siguen empeñados en el suicidio político con su obstinada determinación de aprobar una ley de salud que la mayoría del país rechaza categóricamente.
Contra todos los pronósticos, el republicano Scott Brown derrocó a Martha Coakley para privar a los demócratas de su mayoría absoluta de 60 votos en el Senado, humillando de paso al presidente Obama y su arrogante política de anteponer el estado y su ideología a los deseos legítimos de la mayoría de sus compatriotas.
Aún antes de que la señora Coakley admitiera la derrota, sus correligionarios demócratas estaban tratando desesperadamente de atribuir el triunfo de Brown no a sus cualidades y el deseo de los votantes de Massachusetts de enviar un mensaje de advertencia a Obama, sino a la incompetencia de la candidata.
El día antes de la elección especial para reemplazar en el Senado a Ted Kennedy, quien murió el año pasado, un columnista del Boston Herald reflejó con sus insultos hacia la candidata la nueva estrategia: proteger al ocupante de la Casa Blanca.
El columnista Michael Graham afirmó que la candidata, quien es la fiscal general del estado de Massachusetts, que ella posee “la clase de estupidez política necesaria para que un demócrata pierda una elección al Senado en Massachusetts”.
Y continuó: “Hay que llevar a cabo un absoluto desastre de una campaña para perder frente a un republicano (en ese estado de Nueva Inglaterra). Y eso fue lo que hizo Martha Coakley. No fue el Hinderburg o el Titanic. Fue el Hindeburg estrellándose contra el Titanic”.
Es obvio ahora que la tarea de los demócratas es tratar de proteger a Obama y salvar sus iniciativas, en especial la reforma de la industria de la salud, una medida que rechaza casi el 60 por ciento de los estadounidenses.
Y no sólo eso. Menos de 48 horas de la elección, Obama viajó a Boston para tratar de salvar la candidatura demócrata. Mejor no lo hubiera hecho. A partir de ese momento, las encuestas –que serían ratificadas en la elección— se inclinaron aún más hacia Brown.
Obama, que parece perder su elocuencia cuando improvisa sus discursos, se burló una y otra vez de Brown porque maneja una camioneta GMC con más de 200.000 millas (unos 400.000 kilómetros).
Aparentemente Obama olvidó que su gobierno es prácticamente dueño de GMC y, en vez de alabar la extraordinaria duración del vehículo, optó por tratar de ridiculizar al candidato.
Brown era hasta ahora un senador en la asamblea estatal, con una atractiva familia, cuya mayor incursión a la fama había sido posar desnudo para una revista cuando era joven.
Fue obvio que Obama subestimó a Brown, quien realizó una campaña impecable y ganó miles de adeptos cuando, durante un debate con su oponente, corrigió al moderador diciéndole cuando éste señaló que la elección era para ocupar el asiento senatorial del fallecido Kennedy.
“Con todo respeto, no es el asiento de Kennedy. No es asiento de los demócratas. Es el asiento del pueblo”.
Los republicanos, una gran mayoría de los independientes y una buena porción de los mismos demócratas estuvieron de acuerdo con esas palabras y lo eligieron con una sólida mayoría.
Su elección significa que los demócratas quedaron ahora con 59 votos en el Senado y no con los 60 que tenían, y que eran necesarios para imponer la ley de reforma a la salud, según los estatutos legislativos, lo cual significa que la iniciativa favorita de Obama podría estar ahora en la sala de cuidados intensivos.

Monday, January 11, 2010

INSULTOS AL POR MAYOR

Herman Beals, desde Nueva York

¿Fue Barack Obama elegido presidente porque no es muy negro y también porque, cuando quiere y le conviene, no habla como negro?
Eso es, por lo menos, lo que piensa Harry Reid, el jefe de la mayoría demócrata en el Senado de Estados Unidos, según un nuevo libro que está desatando toda clase de escándalos en Washington.
Las revelaciones hechas por los periodistas John Heileman, de la revista New York, y Mark Halperin, del semanario Time, en su libro “Game Change” (Cambio de Juego), no sólo han afectado a Reid, el senador de Nevada cuya reelección en las elecciones de noviembre parece muy problemática, sino también a Bill y Hillary Clinton, a Sarah Palin –aunque en el caso de la ex candidata vicepresidencial sólo de manera superficial – y a diversas otras figuras prominentes en la política estadounidense.
Reid es quien parece estar en serios problemas no sólo por su apreciación sobre Obama, cuando éste era candidato, sin porque todo comentario de tipo racial es casi un suicidio político Estados Unidos, en especial cuando parte de la boca de un blanco.
Según el libro, Reid dijo, de manera privada, que Obama tenía buenas posibilidades de ser elegido porque su piel era “ligera”, es decir, no totalmente negra y porque, cuando quería, “no hablaba el dialecto negro”.
Reid no negó su afirmación y, tan pronto como fue revelado el contenido del libro, aún antes de que se le pusiera en venta, se deshizo en disculpas con Obama.
El presidente aceptó de inmediato las disculpas, pero fue evidente que Reid no sólo había ofendido al mandatario, a quien al momento del exabrupto era era su colega en el Senado, sino, por extensión, al resto de los millones de negros y no blancos que hay en el país.
Reid ha sido vital en adelantar, entre gallos y medianoche, el proyecto de ley de reforma del cuidado de la salud, la iniciativa favorita de Obama y, por supuesto, el mandatario no perdió tiempo en perdonar a su amigo y compinche en el Senado.
Aunque como es obvio no lo dijo, la ley que a la larga estatizará la industria de la salud en Estados Unidos, es más importante para Obama que un insulto por el color de su piel y la forma en que habla...o no habla.
Es posible, sin embargo, que Obama no haya estado tan dispuesto a perdonar a su actual secretaria de Estado, Hillary Clinton, quien, según el libro, estaba a favor de exponer más a fondo, durante las elecciones primarias del Partido Democrático, el supuesto uso anterior de drogas prohibidas por el actual mandatario.
Tampoco debe haber hecho mucha gracia al presidente una frase atribuida a Bill Clinton mientras hablaba con el Ted Kennedy, ahora difunto, durante la campaña de las elecciones primarias.
Según el libro, Clinton comentó a Kennedy que en otros tiempos, en vez de buscar la presidencia, Obama les habría estado sirviendo café a ambos.
A Kennedy no le gustó lo que había escuchado y desde ese momento se convirtió en un pilar de la campaña de Obama, quien también encajaba mejor en sus ideas y preferencias izquierdistas que la señora Clinton.
Sarah Palin es el blanco favorito de los comentarias y escritores “liberales” de Estados Unidos y otras partes del mundo y, como es lógico, está incluida entre los personajes de “Cambio de Juego”, pero el daño ha sido menor por la sencilla razón de que lo escrito por Halperin y Heileman ya lo había íncluído ella misma en su libro “Yendo Rebelde” que sigue primero en la lista de los volúmenes más leídos en el país.
Halperin y Heileman no aspiran a vender el mi|llón y medio o más de libros como lo ha hecho la posible candidata presidencial en 2012, pero por ahora no hay duda de que “Cambio de Juego” es una escandalosa sensación.

Wednesday, December 30, 2009

HIMNO AL SOL


Herman Beals
Fui acogido por la familia Lara, de Villa Alegre, cuando tenía 15 años, en momentos en que mi madre se moría de cáncer.
Desde entonces La Arena, la antigua residencia de adobes y tejas que parecen llorar en el invierno, ha sido “mi casa”, incluso ahora cuando vivo en el otro extremo del continente en la zona de los lagos de Nueva York, una región conocida por sus viñedos y sus vinos, tal como lo es Villa Alegre, aunque los mostos de aquí todavía tienen mucho que aprender de los de allá.
La casa de La Arena descansaba a la sombra de altos álamos, una higuera que daba sabrosos frutos y naranjos y paltos en sus patios, todo ello rodeado de viñas y huertas.
Las huertas y la conducción de la casa eran del dominio de la tía Nana, pequeña, enérgica, experta en ver lo que uno no quería que viera, y con un corazón que no le cabía en el pecho.
Las viñas y en general las tareas agrícolas de La Arena y las otras propiedades de los Lara eran de responsabilidad del tío Carlos, aunque cuando las cosas se ponían difíciles, por una mala cosecha o un vino que no estaba a la altura de lo acostumbrado, la tía Nana siempre tenía la última palabra.
Pero ahora quiero hablar del tio Carloss, quien murió hace poco, a los 95 añoss, una gran parte de los cuales pasó ayudando a los demás.
El tío Carlos era un lector empedernido, no sólo de novelas, diarios, revistas, sino también de textos de historia, filosofía y todo lo que estuviera a su alcance.
Pero también le gustaba echar una canita al aire, y más a menudo de lo que la tía Nana hubiera querido.
La generosidad innata del tío Carlos se convertía en franco derroche cuando estaba bajo la influencia de algunos de los sabrosos vinos que producen las tierras de Loncomilla, donde está Villa Alegre, a una distancia más o menos equidistante de Talca y Linares, en lo que ahora es conocida como la Séptima Región de Chile.
Con el deseo de proteger al tío Carlos, la tía Nana asignó a Jaime, su hijo y, por carambola a mí, a que lo acompañáramos en sus visitas a Villa Alegre, hacia de La Arena si uno tomaba el camino más directo, lo que no siempre estaba en los planes del tío.
Jaime que era –y sigue siendo—más vivo que yo, pronto renunció a la tarea de buen samaritano y la tarea de acompañar al tio Carlos recayó exclusivamente en mí.
La verdad es que ese cuidado era innecesario. Todo el mundo conocía, quería y respetaba a “Don Carlos” y no existía el peligro de que nadie lo atacara al regresar de noche o de madrugada por los caminos de tierra que entonces conectaban La Arena con el pueblo.
El peligro estaba en un grupo de amigos con quienes el tío Carlos jugaba póker en lo que entonces se llamaba pomposamente “Club Social” de Villa Alegre. Bar con una mesa para jugar a las cartas por dinero habría sido lo más apropiado.
Allí, algunos de los más prominentes ciudadanos de Villa Alegre se reunían una o dos veces a la semana para beber, comer de vez en cuando, contar chistes y, principalmente, para robar abiertamente al tío Carlos.
El ´poker era su pasión , pero no su fuerte, especialmente cuando sus “amigos” le llenaban una y otra vez la copa de vino mientras las de ellos permanecían llenas.
Uno podía apostar que el finalizar la jornada, casi siempre después de medianoche, era el tío Carlos quien firmaba más cheques para recuperar las fichas que se había comprometido a respaldar y que estaban en poder de los otros jugadores, nunca frente a él.
Yo veía lo que sucedía, pero no podía hacer nada. Una vez, cuando el robo ya era demasiado, intenté intervenir, pero fui duramente puesto en mi lugar. Un “niño” no debía meterse en las cosas de “los grandes”.
Decenas de miles de pesos –quizás millones—pasaron así a los bolsillos de los “amigos”. La tía Nana tenía razón para preocuparse.
El tío Carlos aceptaba de buen grado las pérdidas y, después de los últimos brindis, emprendíamos el regreso a La Arena.
Pero no por el camino más corto.
Por la ruta más larga, la que pasaba por frente al cementerio y que durante el invierno se inundaba en las partes bajas. La razón para el desvío era que el tío Carlos tenía unas amistades en ese camino y les tocaba la puerta con el afán de conversar y beber una o dos copitas más.
Yo me moría de sueño, pero mi único alivio era que sabía que teníamos que llegar a La Arena antes de que ssliera el sol.
El tío Carlos había hecho un ritual de terminar sus escapadas nocturnas brindando con el sol elevándose de los cerros de la Cordillera de Los Andes, mientras desde la victrola Victor, famosa por su megáfono y el perrito de la RCA, se alzaban las gloriosas notas de Himno al Sol, de Nikolai Andreyevich Rimsky-Korsakov.
Al sonido del violín, la tía Nana sabía que habíamos regresado y por fin conciliaba el sueño.
Yo daría cualquier cosa por escuchar Himno al Sol al lado del tío Carlos otra vez.

Friday, December 25, 2009

UN HOMBRE DE BIEN

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Cruz en el Avila
Herman Beals
Siempre he pensado que los países tienen los presidentes que se merecen y, en las actuales condiciones de Venezuela, estimo que esa creencia es más que acertada.
La muerte del doctor Rafael Caldera, quien gobernó a Venezuela en dos ocasiones —la primera más acertada que la segunda—me trajo a la memoria esa reflexión de que los países tienen los presidentes que se merecen.
Con Caldera al timón, Venezuela era un país digno y admirado.
Con Hugo Chávez como dictador no declarado, Venezuela y los venezolanos sólo derivan compasión, por una parte y repudio por otra.
Compasión porque Chávez y su ideología socialista ha convertido a una gran nación en una caricatura de lo que era.
Repudio porque los venezolanos todavía no parecen darse cuenta de la realidad aún mas amrga que les espera si no tienen la valentía de enfrentar al ex paracaidista y forzarlo a que se vaya del poder.
Muchos pueblos se han enfrentado a gobernantes corruptos y tiranos en el pasado. Eso incluye a los venezolanos que repudiaron las tiranías de Gómez y Pérez Jiménez, a los argentinos que dijeron no a Perón, a los chilenos que se opusieron en un referendo a Pinochet y otros, aún más heroicos, como los checos y los húngaros en los tiempos comunistas de la bota soviética.
Sorprendentemente, los venezolanos parecen haberse resignado a su suerte, como también lo han hecho los cubanos desde hace más de medio siglo.
Los venezolanos pueden haber o no estado de acuerdo con el doctor Caldera, pero hay que ser muy ciego para no ver la diferencia entre el político, fallecido a los 93 años el día antes de Navidad, y el actual gobernante socialista.
La libertad y los derechos humanos florecían en la próspera Venezuela a que yo llegué, poco antes de que Caldera asumiera poor primera vez la presidencia
Las naciones del resto del continente respetaban a Venezuela y a Caldera, un hombre de clara inteligencia, ciento por ciento dedicado al bienestar de su país y sus compatriotas. Obviamente no todos coincidían con sus puntos de vista y sus acciones –lo que se hizo más visible durante su controversial segundo mandato- pero, ni en los momentos más críticos de su gobierno, existía la anarquía, la prepotencia, la ignorancia y los abusos actuales.
Don Rafael fue siempre amigable conmigo y Angélica durante mis ocho años como corresponsal extranjero en Venezuela.
Una vez, durante una de sus conferencias de prensa semanales, el doctor Caldera me preguntó si Angélica ya había dado a luz a nuestro segundo hijo. Cuando le contesté que si, me preguntó por el nombre que le pondríamos al nuevo bebé.
“Carlos Rafael”, le dije.
“Así estás bien con Dios y con el Diablo”, me dijo en medio de las risas de tres docenas de periodistas.
En verdad, el nombre Carlos era por mi querido tío Carlos, quien también acaba de fallecer, y no por Carlos Andrés Pérez, también ex presidente de Venezuela y entonces enconado rival de Caldera, y el segundo nombre, Rafael, por un amigo que teníamos entonces. Pero el presidente fue rápido en captar la coincidencia.
Don Rafael era todo un caballero y lo sigue siendo. Según se ha informado en Caracas, dejó un mensaje póstumo que le retrata de cuerpo entero.
"Asumo con responsabilidad mis acciones y mis omisiones y pido perdón a todo aquel a quien haya causado daño", escribió y expresó el deseo de una Venezuela que viva en
"libertad, con una democracia verdadera donde se respeten los derechos humanos, donde la justicia social sea camino de progreso. Sobre todo, donde podamos vivir en paz, sin antagonismos que rompan la concordia entre hermanos".
"Procuré tener el corazón cerca del pueblo y me acompañó siempre el afecto de mucha gente. He tenido adversarios políticos; ninguno ha sido para mí un enemigo. He intentado actuar con justicia y rectitud, conforme a mi conciencia. Si a alguien he vulnerado en su derecho, ha sido de manera involuntaria".

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