Saturday, March 5, 2011

ALAMBRITO Y LA INTERNET

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Herman Beals

Lo que sucede con Internet es algo casi increible.

Para muestra de esa afirmación, vean lo que sucedió esta noche.

Después de que Bill O’Reilly, quien es un asno pomposo, entrevistó en Fox a Sarah Palin, por curiosidad abrí un portal que reseña las actividades de la ex gobernadora de Alaska y la insta a que declare su candidatura a la presidencia de Estados Unidos.

Mi curiosidad se había desatado por el hecho de que la ex candidata republicana a la vicepresidencia hace cuatro años, en la entrevista habia sido mucho más valiente que la gran mayoría de los hombres que sufren los latigazos del pressumido O’Reilly.

“Es difícil expresar mi punto de vista si usted me interrumpe”, le dijo con seriedad, mientras exponía sus ideas sobre la necesidad de reformar algunos programas de asistencia social para hacer frente al devastador déficit fiscal que enfrenta Estados Unidos.

Fue evidente que Sarah Palin había puesto en su lugar a O’Reilly, quien se cuidó de interrumpirla en los minutos siguientes, pero se mostró cortante al despedirse de su entrevistada.

Santimonioso o no, O’Reilly es toda una personalidad en la televisión por cable y su programa tiene más audiencia que todos los espacios de opinion de CNN, por ejemplo.

El pedido de Sarah Palin de que no la interrumpiera, inmediatamente tuvo repercusiones en sitios de Internet y pocos minutos después el hecho fue objeto de una nota en Político, uno de los portales de tendencia liberal (izquierdista) más visitados en Estados Unidos. Dada la atracción positiva o negativa que despierta la ex goberadora en todos los sectores del país, su amonestación a O’Reilly probablemente será objeto de innumerables –y sabrosas— interpretaciones en los próximos días.

Pero lo casi increible en Internet es que mientras leía en el portal adepto a Sarah Pailin los comentarios provocados por la entrevista, me encontré con un fuerte elogio para la mujer más influyente en la política estadounidese, firmado “Alambrito”.

Yo estuve en Miami la semana pasada y conocí a una gran amiga de Angélica y ardiente defensora de la lucha por la libertad en Cuba, a quien sus amigos cariñosamente le dicen “Alambrito”.

Le pregunté a Angélica: ¿Esta Alambrito será tu amiga cubana?

Angélica no perdió tiempo y preguntó por Facebook a su amiga: “¿Oye, tu eres la Alambrito que acaba de escribir un comentario en un sitio de Internet favorable a Sarah Palin?

La respues llegó de inmediato:

“Chica, me pillaste, ahora tendré que ponerme otro nombre”.

Saturday, November 6, 2010

CÓCTEL CON FIDEL

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Herman Beals

De todos los cócteles que he asistido en mi vida –y han sido bastantes en mi oficio de periodista que abarca 50 años— ninguno tan fabuloso como el ofrecido por un anfitrión improbable: Fidel Castro en el Palacio de La Revolución en La Habana.

Por supuesto, la recepción ofrecida por el caudillo cubano no era para mí. Era para los dirigentes del Comité Olímpico de Estados. Yo fui invitado de carambola debido a que, como reportero de United Press International, acompañaba a la delegación deportiva norteamericana que fue a Cuba a inspeccionar las instalaciones para los Juegos Panamericanos que se celebrarían meses después, en 1991.

Los cócteles, una costumbre que forma parte de la textura social y política latinoamericana, nunca tuvieron gran atracción para mí. Los beneficios del whisky y los bocadillos que acompañan al licor no son suficientes para soportar la verborrea de los asistentes, sobre todo si son políticos profesionales.

Pero un cóctel con Fidel Castro es otra cosa. En uno de los pocos lugares del globo en que el marxismo es la ley, la recepción en el Salón de los Helechos del Palacio de la Revolución fue algo fuera de este mundo.

Desde caviar a langostas, desde coñac a vinos franceses, todo era delicioso, no importa que a poca distancia de allí los cubanos tuvieran que subsistir de una magra ración diaria de arroz y algunos otros alimentos proletarios distribuidos por el Estado.

Al llegar a La Habana, funcionarios gubernamentales habían comunicado a los jefes de la delegación que era probabble que “el Comandante” recibiera al grupo y que el día y la hora de la reunión les sería comunicados después.

En el segundo día de la visita y al subir a los autobuses, después de almorzar, para inspeccionar las instalaciones deportivas y la villa que alojaría a los deportistas, me sorprendió ver a las damas con vestidos y zapatos (en contraposición a pantalones cortos y zapatillas) y a los hombres de corbata y trajes formales. Caí en la cuenta entonces que nadie me había informado que esa era la noche de la cita con el comandante, pero ya era tarde ir a mi habitación del hotel y cambiarme a una vestimenta más a tono con la ocasión.

Mis pantalones vaqueros y una chaqueta ligera no eran lo más apropiado para visitar a un Gobernante pero, me dije, podían pasar en un caso de emergencia. Lo que definitivamente estaba fuera de protocolo eran las zapatillas de tenis que tenía puestas en esos momentos.

Al caer de la tarde, los autobuses nos llevaron al Palacio de la Revolución. Formamos una fila para que los funcionarios de seguridad confirmaran que nuestras identidades coincidían con la lista que tenían en su poder. Ýo pasé sin problemas, pero no una pequeña máquina fotográfica que llevaba colgada al cuello.

Angélica, quien nunca ha estado en Cuba, me había prestado la maquinita para que sacara imágenes durante mi visita. Los guardias me dijeron que me devolverían la cámara al salir y así lo hicieron. Ahora pienso que no querían que fotografiara los manjares ofrecidos en el cóctel.

El señor Castro nos esperaba a la puerta del salón. Dio la mano a cada uno de los visitantes y les indicó que pasaran al lugar de la recepción.

Todo fue muy cordial y, para mi inmenso alivio, no hubo discursos.

Tras examinar el banquete de exquisitos alimentos y finos licores ofrecidos, me arrimé a la mesa en que estaban los blancos y rojos franceses que tuve casi solo para mí, porque los norteamericanos –que sabían mucho menos que ahora sobre vinos- preferían los cócteles y licores más fuertes.

Desde allí observé como los norteamericanos compartían amablemente con Castro a través de un intérprete. El mayor entusiasmo hacia el hombre que entonces era el principal enemigo de Estados Unidos, parecía provenir de las damas presentes.

Fidel Castro, pensé, no sólo es experto en subyugar de manera brutal a su pueblo mediante las armas, la tortura y las cárceles, sino que también puede exhibir carisma y magnetismo cuando le conviene.

Después de dos o tres horasas de charla, concentrada principalmente en los Juegos Panamericanos que se aproximaban, llegó el momento de partir. Me olvidaba contar que al comienzo del cóctel, Fidel Castro, llamó la atención sobre un señor gordo y bajito a quien presentó como su jefe de cocina personal y artífice de la recepción. Me imagino que entre sus tareas estaba probar los alimentos destinados al Comandante, porque tenía una bien formada barriga.

Aparte de lo fastuoso de la recepción, me maravilló el lugar. Yo lo llamo Salón de los Helechos porque alrededor de las paredes había numerosos de ellos, pero no eran plantas de tamaño regular, sino verdaderos árboles que llegaban al techo, entremezclados con grandes piedras y otros detalles de gran gusto.

Según Angélica, esa decoración era obra de una de las amantes de Castro, de cuyo mombre no me acuerdo, pero creo que ya murió. Quienquiera haya sido responsable de ese trabajo, sabía lo que estaba haciendo.

Todo esto me ha venido a la memoria al leer sobre los detalles para los próximos Juegos Panamericanos en la ciudad mexicana de Guadalajara.
Pero ahora, a 20 años de que sucediera, todavía me pregunto si Castro se sintió intrigado cuando, al saludar a sus huéspedes, uno de los visitantes “gringos” (yo) le contestó en perfecto español y no sólo eso, calzaba también zapatillas de tenis.

Saturday, October 30, 2010

VICTORIA PARA LAS HOJAS

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Herman Beals

Era una batalla desigual y las hojas ganaron.

A poco de llegar el otoño en Estados Unidos (cuando la primavera comienza a florecer en el hemisferio sur), las hojas caídas de los centenarios árboles que rodean nuestra casa sepultaban las vías férreas de mi tren de jardín, paralizando las “operaciones” y causando dolor en mi espalda.

Por eso, hace meses tomé la decisión de mudar el tren desde debajo de los árboles hasta la orilla de la laguna que hay al fondo del jardín.

Allí las hojas son reemplazadas por patos y gansos canadienses que hacen escala en su largo viaje a las tierras más cálidas de Florida para escapar de la nieve invernal, por inofensivas salamandras y por algunos peces multicolores, si es que han sobrevivido a las aves rapaces, como los blue heron que, paradójicamente, llegan en el verano desde el sur del país en busca de alimento.
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Sin embargo, la decisión de trasladar mi imperio ferroviario (como lo llama un amigo) tuvo que ser retrasada por diversas circunstancias, una de las cuales –y no la menor de ellas-- obtener el visto bueno de Angélica para invadir el perímetro de la laguna.
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La razón principal, empero, fue dejar el tren en el lugar en que había estado en los últimos cinco años para que pudiera ser visto por los hijitos de Jennifer y Carlos, quienes vinieron desde Texas y Chicago en octubre para celebrar el cumpleaños de la abuela.

Dos de esos nietos son realmente aficionados a los trenes, una tradición familiar que se remonta a más de 150 años, cuando los primeros Beals emigraron de Inglaterra a Chile para trabajar en la construcción de la vía férrea que, en sus mejores tiempos, se extendía desde el implacable desierto nortino hasta los cristalinos lagos y bosques del sur del país.

Yo siempre sospeché que aquellos Beals habían emigrado para escapar de las inclementes prisiones británicas o, en el mejor de los casos, habían sido piratas, pero como ese tema era peliagudo, la familia llegó a la conclusión que lo mejor era decir que en verdad eran ferroviarios.

La espera para la mudanza de las líneas valió la pena. Charlie, el hijito de Carlos, es loco por los trenes y, a pesar de que sólo tiene cinco años, puede identificar locomotoras, vagones y hablar con propiedad de señales y derechos de vía. Su primo, Carlos, un año menor, va por la misma senda, para orgullo del abuelo y de Jennifer.

Los trenes de jardín son muy populares en Europa, donde se originaron, y en Estados Unidos, donde está el mayor mercado mundial para este “hobby”.

Como esa popularidad no se ha extendido a América Latina, una breve explicación acerca de los trenes de jardin o “al aire libre”.

Hay tres tamaños en los trenes de jardín, denominados génericamente como Escala G. El tamaño de la escala más popular es 332, lo cual quiere decir que una máquina que arrastra trenes de pasajeros o de carga es 332 veces más grande que la más grande de las mías.

Las locomotoras se alimentan de electricidad aplicada a las vías (generalmente entre 18 y 24 voltios), lo que inofensivo para los seres humanos, incluyendo los niños, pero en más de una ocasión he visto a una ardilla saltar al pasar por sobre los rieles, víctima de una sensación desconocida, pero no muy peligrosa. Gatos y perros aqprenden pronto que esos metales paralelos que hay en el jardín no son senda adecuada para sus andanzas, pero los topos parecen disfrutar de la protección que le prestan los rieles y hacen allí sus excavaciones.

La nieve y las hojas son los peores enemigos de los trenes de jardín, aparte de los topos. A medida que avanzan los años, la tarea de despejar las vías de una gruesa capa de hojas se hace cada vez más difícil y de ahí que la gerencia de mi tren, Bear Creek and Black Rock (BC&BR), haya decidido cambiar de ambiente.
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La construcción está en pleno auge, aunque ya está empezando a llegar la nieve. Los planes son que en la próxima primavera las operaciones estén en todo su apogeo, pero el propietario del tren tiene una horrible sospecha:

¿Qué pasa si patos y gansos canadienses, famosos por arruinar canchas de golf con el abundante y poco oloroso material que descargan por doquier, deciden que las vías férreas son tan buenas como el césped para depositar sus desechos?

Además, los venados visitan la laguna en invierno para tomar agua o para “patinar” sobre su superficie si está cubierta por una capa de hielo. Estos animales pesan 100 o más kilos y fácilmente pueden causar daños en las instalaciones ferroviarias.
Pero esos son riesgos que hay que correr. Mucho peor son las hojas.

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Friday, October 29, 2010

UN VISTAZO A LO QUE ES CHILE Y SU MUSICA




¿Qué sabes de cordilleras
si tú naciste tan lejos?
Hay que conocer la piedra
que corona el ventisquero,
hay que recorrer callando
los atajos del silencio
y cortar por las orillas
de los lagos cumbrereños:
mi padre anduvo su vida
por entre piedras y cerros.

La Viuda Blanca en su grupa
--la maldición del arriero--
llevó mi viejo esa noche
a robar ganado ajeno.
Junto al paso de Atacalco
a la entrada del invierno
le preguntaron a golpes
y él respondió con silencios:
los guardias cordilleranos
clavaron su cruz al viento.

Los Ángeles, Santa Fe
fueron nombres del infierno:
hasta mi casa llegaba
la ley buscando al cuatrero.
Mi madre escondió la cara
cuando él no volvió del cerro
y arriba en la cordillera
la noche entraba en sus huesos:
él que fue tan hombre y sólo
llevó a la muerte en su arreo.

Nosotros cruzamos hoy
con un rebaño del bueno
arriba en la cordillera,
no nos vio pasar ni el viento.
Con qué orgullo me querría
si ahora llegara a saberlo
pero el viento no más sabe
donde se durmió mi viejo
con su pena de hombre pobre
y dos balas en el pecho.


Gentileza de Angélica Mora

Thursday, September 30, 2010

ES DIFICIL SER JOHN WAYNE

John Wayne
Es possible que en sus tiempos de camionero, Marion Mitchell Morrison jamás imaginó que la magia de Hollywood lo convertiría en John Wayne.

Herman Beals nunca soñó con ser otra cosa que periodista, bueno, regular o malo, pero periodista desde el principio hasta el fin.

Sin embargo, al otro lado del continente y miles de kilómetros aparte, John Wayne desempeñó un papel importante en la vida de Beals.

Una noche, mientras caminaban por una calle de Santiago, Herman le propuso a Angélica que formalizaran su relación contrayendo matrimonio.
Angélica dio un salto de sorpresa que le habría hecho estrellar la cabeza contra el techo, si es que hubieran estado en una casa y no en la calle Nueva York, donde estaba la radioemisora en que ambos trabajaban.

Hasta ese momento, Herman le había dicho a Angélica en más de una ocasión que “no era de los que se casaban”.

Ambos coincidieron en casarse el 14 de octubre debido a que el 12 de ese mes Angélica cumpliría 21 años, el umbral entre la adolescencia y la vida adulta en esos años. A él no le molestaba acudir al Registro Civil a obtener el certificado de matrimonio al día siguiente del cumpleaños, pero Angélica dijo que 13 es número de mala suerte y que no había que tentar al destino.

Y, en cierto modo, tenía razón.

La ceremonia civil fue fijada para las 11 de la mañana del 14. El día anterior, todos los detalles quedaron resueltos, salvo por un menor detalle. El novio no tenía los 18 pesos para pagar por las estampillas que oficializaban el transcendental paso.

Angélica abrió su cartera y le pasó al novio 20 pesos.

Esa noche, mientras caminaba por la calle Ahumada, Herman vio que un cine rotativo (llamado así porque repetía la misma película desde la una de la tarde hasta después de la medianoche) estaba dando “Río Bravo”, con John Wayne imponiendo su clase de justicia entre los “buenos” y los “malos”, como eran caracterizados entonces los héroes y los villanos.

Herman no lo pensó dos veces. En su última noche de soltero, disfrutó enormemente con John Wayne, Ricky Nelson, Angie Dickinson y Walter Brennan tratando de sacar de su eterna y patética borrachera a Dean Martin, el sheriff del pueblo texano de Río Bravo.

La película valía con creces los 12 pesos de la entrada, pero Herman tenía un problema. Los 20 pesos que le había dado Angélica habían quedado reducidos a 8 y se necesitaban 18 para los sellos en la libreta de matrimonio.

Efectivamente, todo fue bien al día siguiente, hasta que el funcionario, dirigiéndose al novio, le dijo que bajara al primer piso a comprar 18 pesos en estampillas.

A Herman no le quedó otro remedio que confesar que sólo tenía 8 pesos. Angélica lo miró entre asombrada y enojada, seguramente pensando en el lío en que se estaba metiendo.

La situación fue salvada por el testigo de la pareja, quien aportó los 10 pesos que faltaban.

No fue el mejor momento para Herman, pero John Wayne valía la pena.

Desde entonces y hasta ahora, Herman ha tratado de adherirse a los principios –menos las pistolas y los puños— tan bien utilizados por el actor en sus películas.

Sin embargo, y después de una reciente y particularmente penosa visita a un establecimiento médico, Herman confesó a Angélica: “Es difícil ser John Wayne”.
Ella lo miró con simpatía, pero probablemente estaba pensando en los primeros 18 pesos que perdió en su larga asociación con el periodista –como también lo es ella—que sigue siendo reportero, como el día en que la conoció.

Sunday, July 11, 2010

COPA DEL MUNDO: EL MUNDO SE VISTE DE ROJO

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Herman Beals

Con un solitario gol de un partido en que la escasa calidad fue compensada por abundantes emociones, España ganó el domingo el Campeonato Mundial de Fútbol, haciendo honor a su favoritismo y concretando en realidad su antiguo sueño de llegar adonde muy pocos lo han hecho.

Con el único tanto del encuentro anotado por el mediocampista Andrés Iniesta a los 116 minutos, Holanda fue privada por tercera vez de la copa dorada que es símbolo de supremacía en el balompié mundial. Sus intentos anteriores, en las finales de 1974 y 1978 también terminaron en frustración y llanto.

Esta vez en Johannesburgo los vencedores, también lloraron de emoción. El arquero español Iker Casilla, veterano de tres campeonatos mundiales, no pudo contener las lágrimas desde el mismo instante en que Iniesta conquistó el gol de la victoria.

El triunfo de la “Furia Roja” también despertó lágrimas, abrazos y sonrisas en el palco de honor del estadio Soccer City. La reina Sofía de España y otros miembros de la familia real celebraban así la hazaña de un equipo que superó el serio tropiezo de una derrota al comienzo del torneo, para reagruparse y convertirse en el octavo campeón mundial que haya tenido el mundo.

España se unió a Brasil, Alemania, Italia, Argentina, Uruguay, Francia e Inglaterra como poseedor de la copa que cada cuatro años despierta emociones y genera dramas como ningún otro deporte en el planeta.

Las ansias de ganar y la rivalidad entre los dos finalistas europeos dominaron durante los 120 minutos del encuentro, hasta que Iniesta recibió un pase de Cesc Fábregas y disparó cuando estaba a sólo ocho metros de la boca del arco. Hubo una breve consulta sobre si su posición era legítima, pero su tanto ya había entrado a los anales del balompié.

Fue un encuentro de discreta calidad y abundantes infracciones. El árbitro inglés, Howard Webb, mostró 11 tarjetas amarillas, una cantidad sin precedente en una final y los holandes, que recibieron la mayoría de las sanciones, terminaron con solo 10 hombres en el campo.

Uno y otro equipo tuvieron oportunidades de anotar hasta que Iniesta, considerado como el hombre más tranquilo del cuadro español, tomó la pelota en el área chica y la envió a la red.

Iniesta celebró quitándose la camiseta y en las tribunas, en Madrid, en Barcelona y en el último rincón de España tronaron los aplausos que también tuvieron eco en América Latina donde la victoria fue considerada como propia.

Hasta Don Vicente del Bosque, el hombre que siempre creyó en sus hombres, cambió su cara impasibe para abrazarse con sus colaboradores y con los jugadores, que no siempre compartieron sus instrucciones, pero que en Sudáfrica se convirtieron en los mejores mensajeros del fútbol que él predicaba.

Al sonar el silbato final del partido y del campeonato, hubo otro triunfador: Sudáfrica.

El primer país del continente africado encargado de la titánica tarea de organizar una Copa del Mundo, el torneo más multitudinario de la tierra, respondió con creces a la responsabilidad y su máximo patriarca, Nelson Mandela, quien hizo una breve aparición pública para después presenciar la final desde su hogar, compartió con sus compatriotas la satisfacción de una labor bien cumplida.

Saturday, July 10, 2010

COPA DEL MUNDO: SEGUNDO LUGAR, PRIMER PERDEDOR

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Herman Beals

Quien termina en segundo lugar es el primer perdedor. Esta máxima, es válida en la vida en general y especialmente en los deportes, donde todos quieren estar en el lugar de honor del podio. Ni qué hablar del tercer o cuarto puestos, pero eso es lo que dirimieron Alemania y Uruguay en el penúltimo partido del Décimonoveno Campeonato Mundial de Fútbol.

Ganó Alemania por 3-2, con dos de los máximos valores de ambos conjuntos y goleadores del torneo, el jóven Thomas Mueller y el gran Diego Forlán, anotando una vez cada uno para completar cinco en Sudáfrica, con una diferencia: el tanto del uruguayo de largo cabello rubio contenido por una cinta plástica fue uno de los mejores de la Copa.

Forlán tomó de volea un tiro cruzado de Egidio Arévalo, batiendo limpiamente al golero Hans Joerg Butt. Debajo de los otros tres palos, el uruguayo Fernando Muslera pareció afectado por la lluvia y lo resbaloso del balón lo cual contribuyó a por lo menos uno de los goles germanos.

Alemanes y uruguayos se fueron con honor y en medio de cálidos aplausos, pero eso no mitigará el dolor de haber estado ausente del sitial que conquistaron para sí Holanda y España.

El partido en el estadio Nelson Mandela de Port Elizabeth se jugó bajo lluvia, pero así y todo los jugadores se esforzaron por ofrecer un buen espectáculo, en un partido que no significaba mucho para ninguno de ellos.

Mueller abrió la cuenta a los 19 minutos cuando algunos creyeron ver posición adelantada, pero el árbitro mexicano Benito Archundia señaló hacia el centro de la cancha, validando el gol.

Empató Edinson Calvani a los 28, Forlán puso en ventaja a Uruguay a los 52, pero los alemanes volvieron a anotar por intermedio de Marcell Jansen y Sami Khedra, a los 56 y 82 minutos.

Forlán tuvo la oportunidad de igualar en los últimos segundos del encuentro, pero su tiro libre dio en el travesaño.

Es la segunda vez que los alemanes, favoritos cuando comenzó la Copa el 11 de junio, deben contentarse con el tercer puesto.

Uruguay, que despertó expresiones de sorpresa en Sudáfrica entre quienes no están bien al tanto de la calidad y poderío de su fútbol, sacó la cara por el continente americano, que comenzó el torneo dominando en las primeras etapas sólo para desilusionar en las instancias claves.

El tercer puesto conseguido por Alemania significa que, como sucedió hace cuatro años, los tres primeros lugares de la Copa van a quedar en poder de países europeos, un poderoso llamado de atención para América Latina y, en especial para sus dos grandes potencias, Brasil y Argentina.

Desde el punto de vista económico, como siempre la FIFA, el organismo rector del balompié, estuvo en el podio de los victoriosos en Sudáfrica.

Según cálculos divulgados en Johannesburgo, la FIFA verá engordar sus cofres, agregando la astrónomica suma 330.000 millones de dólares con ganancias derivadas del torneo.

La Copa del Mundo es una máquina de hacer dinero para la FIFA con sus ingresos por derechos de televisión, mercadeo y otros proyectos destinados a hacer feliz al suizo Sepp Blatter, el septuagenario presidente de la entidad.

Los beneficios materiales para Sudáfrica también serán importantes, pero a la larga no tanto en el aspecto económico.

El primer país del continente africano que haya organizado el magno espectáculo se siente orgulloso de la tarea realizada y, según los entendidos, la Copa del Mundo constituirá una bonanza para el turismo en los próximos años.

Una suma superior a los tres millones de personas asistieron a los estadios, lo cual coloca a Sudáfrica en el tercer lugar en esta categoría, detrás de la Copa del Mundo de 1994 en Estados Unidos y el torneo de 2006 en Alemania.
Aunque ese logro es impresionante, quedó corto con respecto a los cálculos iniciales, aunque no por mucho. Si las tribunas se hubiesen llenado en cada partido, los espectadores habrían totalizado 3.420.000, según los cálculos de los organizadores.